miércoles, 30 de mayo de 2012

Federico Chopin en España II



La estancia de Chopin y Sand vista por los españoles

Resulta muy curioso indagar cómo a lo largo del siglo xix los españoles percibieron el viaje de Chopin a Mallorca. Descubrimos que fue acogido de dos formas muy distintas: por un lado, suscitó una serie de reacciones negativas por parte de los mallorquines, asustados con la infección de Chopin y las costumbres «inmorales» de la pareja, como, por ejemplo, que Sand se vistiera de hombre e hiciera lo mismo con su hija Solange, que conviviera conyugalmente con su amante, que no asistiera a la misa, etc. Sand relata las impertinencias y la escasa ayuda prestada por sus vecinos en la isla cuando Chopin se encontraba enfermo. Decía, según cuenta ella misma, «que era un tísico, que iba a morirse e iría al infierno, y que no le darían sepultura en aquellos parajes». Incluso muchos años después, la prensa española narra la presencia de los dos extranjeros con un tono muy parecido al de los campesinos que describe la escritora. Como ejemplo, valga un extracto del artículo publicado en El siglo futuro, del 13 de diciembre de 1898:

"Chopin, tísico y aconsejado por los médicos, fue a invernar en las Baleares, año 1838-39. Le acompañaba Jorge Sand, que cuatro años antes acompañó también a Musset a Venecia. Enterada la población de la enfermedad y los amores de Chopin, persiguió a los viajeros, teniéndoles por pestífero y por paganos. El propietario los desahució y les exigió una indemnización por haber infectado la finca. Chopin, sofocado cada vez más por la tos, no podía emprender un viaje de regreso a la península, y gracias a las atenciones de un político español, deportado en aquella isla, pudo hallar sosiego, yendo a ocupar con Jorge Sand y dos hijos de ésta la Cartuja de Valldemosa.
Después de pocos días deliciosos en esta morada, los indígenas renovaron sus crueldades, negando a los extranjeros posprimeros alimentos, que la isla producía en abundancia, o exigiéndoles precios fabulosos. Nadie quería servir en la casa de aquella mujer que no «iba a Misa», impía entregada al diablo.
Como última merced del condenado a muerte, Jorge Sand pidió a los vecinos un carruaje para transportar a Palma a Chopin, que no podía ni arrastrase. Se les negó este favor y tuvieron que decidirse a caminar tres leguas en birlocho."

Este tipo de comentario, algo sorprendente, hay que situarlo dentro del contexto de la época. Por un lado, en Un invierno en Mallorca, George Sand, acostumbrada a no esconder sus ideas liberales o anticlericales, había escrito algunos párrafos muy negativos acerca de la iglesia española. Y estos comentarios venían acompañados muchas veces de tal número de detalles y anécdotas que daban una imagen muy penosa de España. Por otro lado, y esto es común en los escritos de viajeros franceses del siglo xix cuando visitaban España, es palpable el complejo de superioridad y su convicción de que aquel país estaba a años luz de Francia. Cuando pensamos que aún en la actualidad ese complejo no se ha erradicado por completo, no es difícil de imaginar lo que debía ser en el siglo xix, cuando París era en verdad el centro intelectual de Europa. Los franceses viajaban a España en busca de exotismo o simplemente de buen tiempo, sin esperar enriquecerse intelectualmente. Daban por supuesto que la influencia que tenían en los círculos parisinos era universal. Si en París todos se inclinaban ante Sand y Chopin, cómo no iban a hacerlo unos pobres campesinos de las islas Baleares. Estos cálculos salieron mal no sólo a esta pareja, sino a muchos franceses que, a pesar de su enorme cultura, desconocían que en España hace frío, llueve y nieva en otoño e invierno, y que a los campesinos españoles, preocupados por las cosechas o la propia supervivencia, les traía sin cuidado la élite intelectual francesa.
Aunque algunos articulistas reaccionaron contra los comentarios anticlericales de Sand, la mayoría muestra una consciencia completa de que en Mallorca había residido un genio. La modernidad de las ideas y los comportamientos de la pareja, sobre todo los de George Sand, no afectaron en nada al aprecio que se sentiría por el compositor en España a partir de la década de 1840. Desde Valldemosa hasta Barcelona —donde se habían embarcado— y desde Cataluña a toda España, el invierno en Mallorca parece haber contribuido a que la obra del polaco fuera difundida y tocada en España. Se dedicarán menciones y artículos a hablar sobre Chopin, su vida, su música, las interpretaciones de sus composiciones e incluso… en qué celda de la Cartuja habitó. También veremos artículos donde se narran las peripecias de la pareja con un tono romántico que no desluzca ni a los mallorquines ni a los dos artistas, visiones poco realistas pero simpáticas. Lo que siempre se percibe es una admiración que traspasa las cuestiones locales y morales y que finalmente parece enviar el mismo mensaje que se respira hoy día en toda la isla: Federico Chopin estuvo aquí.


La recepción de la obra de Chopin en España

Desde 1840 encontramos muchos anuncios de conciertos donde se nos muestra que interpretar las obras de Chopin era ya habitual tanto en Madrid como en España. En 1844, cuando Franz Liszt tocó en Madrid, eligió un programa compuesto por sus propias obras y una mazurca de Chopin. Este concierto fue muy anunciado en los periódicos de la época. La prensa musical comentaba a menudo la envergadura de la obra de Chopin, lo difícil que podía resultar tocarla, y sobre todo interpretarla, acercándose a la expresividad del autor. Chopin era considerado en toda Europa el «poeta» del piano. Un buen intérprete de su obra debía conseguir la suavidad y la gracia que tenía el polaco. Hubo pianistas que rápidamente se especializaron en su música, como Juan Bautista Pujol (1835-1898), quien recibió muchas críticas elogiosas que también nos permiten conocer cómo se veía el piano de Chopin. Un crítico de La Dinastía. Diario
político, literario y mercantil de Barcelona, del 11 de marzo de 1884, a propósito de un concierto de Pujol en el que había interpretado obras de Chopin, comenta las enormes dificultades, tanto de mecanismo como de interpretación, y concluye diciendo que la obra pianista del polaco «viene siendo y será la desesperación de los mayores talentos y como piedra de toque en que todos los grandes pianistas ensayan a porfía su habilidad material y penetración, digámoslo así, exegética, para llegar a la verdadera interpretación de lo que el gran Chopin se propuso y entendió componer en cada una de esas concepciones íntimas, personalísima, cuya belleza está a punto de escapar al que no procura llegar hasta el alma de su autor y arrancarle su secreto». Pujol incluyó numerosas obras de Chopin en sus programas y transmitió ese interés a alumnos como Granados, Malats o Viñes. Este dato es de suma importancia, pues muestra la filiación chopiniana que tiene la escuela catalana de piano de finales del siglo xix y comienzos del xx.
También sorprende la rapidez con la que los profesores del Real Conservatorio de Madrid incluyeron las obras del polaco como parte del repertorio que los estudiantes debían presentar a los exámenes. En la prensa musical del momento ha quedado constancia de que las Mazurcas, los Nocturnos, los Valses, algún Impromptu y alguna Polonesa, y con mucha frecuencia la Marcha fúnebre,
eran las preferidas tanto de los músicos como del público. De igual modo, descubrimos en la prensa de la época muchos anuncias de venta de partituras y en ellos aparecen estas obras, e incluso los dos conciertos para piano y orquesta. Ahora nos parece lógico que la música de Chopin forme parte de un programa de estudio y de examen de piano, ya que ningún pianista que haya deseado o desee ser profesional se plantea una carrera pianística sin estudiar su obra, aunque no lo toque en público, pero entonces era un contemporáneo de los propios alumnos y profesores.

Para concluir, pensemos que Chopin es el compositor en el que todos los pianistas del mundo, aficionados, estudiantes, profesores, concertistas de élite y de leyenda, se encuentran. La universalidad de sus obras, la genialidad de sus descubrimientos pianísticos, la poesía de su aproximación al piano, son el paisaje de fondo de todos los amantes del piano. Ningún pianista que haya deseado o desee ser profesional se plantea una carrera pianística sin estudiar a Chopin, aunque lo no toque en público. Ningún aficionado al piano renuncia a intentar leer sus Nocturnos, Mazurkas, Valses, aunque sea en ediciones facilitadas. Y es que, por mucho que conozcamos su música, nunca dejará de emocionarnos o de estimularnos.
La obra de Chopin es patrimonio de la humanidad por su gracia y su belleza, pero también por su rebeldía, su patriotismo y su profundidad. No parece probable que la universalidad de su pensamiento y de su lenguaje musical deje de conquistar los corazones y las inteligencias de las generaciones futuras.



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