viernes, 18 de mayo de 2012

Federico Chopin en España I



En el invierno de 1838-39, la escritora Amandine Aurora Lucile Dupin (1804-1876), más conocida por su seudónimo masculino, George Sand, y el pianista Federico Chopin viajaron a Mallorca y residieron en la Cartuja de Valldemosa. En 1842 se publicó la primera edición de Un invierno en Mallorca, el diario donde la escritora narra su estancia allí con sus hijos Maurice y Losange, y con Chopin. No es la versión más conocida, pues esta primera edición contenía unos cuantos errores, y por ello, en 1855 se edita una versión más fiel al manuscrito original de Sand, un documento donde pueden observarse las correcciones y anotaciones de la escritora. La edición de 1855 contiene dibujos de la isla realizados por su hijo Maurice y también alguno hecho por ella misma. Además del valor biográfico en relación con la figura de Chopin, este libro se considera, como muchos otros de Sand, uno de los mejores escritos de la literatura francesa.

La descripción del viaje y de la estancia es muy hermosa y precisa: desde las ideas que tenían antes de salir de París sobre lo que iban a encontrar, hasta el detalle de lo cotidiano, pasando por las reflexiones sobre cuáles son las razones verdaderas que pueden impulsar a una persona a dejar su casa y viajar. Hay páginas enteras dedicadas al paisaje, a la flora, a los habitantes, a las costumbres y mentalidades, y también a su día a día, incluyendo los detalles más pequeños, como lo que les sorprendía en la gastronomía mallorquina e incluso lo que comían y lo que les gustaba o no. Sin embargo, este libro no basta para situar la relación de la autora con Chopin y conviene completarlo con Historia de mi vida y con la biografía que André Maurois escribió sobre Sand, además de la correspondencia de Chopin.

La escritora y el músico se habían cruzado en 1836 en uno de los salones que ambos frecuentaban y a los que también asistían el escritor Víctor Hugo, el pintor Eugenio Delacroix y el otro gran pianista de moda, Franz Liszt. No se causaron una buena impresión: a Chopin le pareció muy masculina y Sand encontró que el músico tenía un aspecto afeminado. Ese mismo año se rencuentran en una reunión en casa de Chopin y en el verano de 1838 se instalan en viviendas contiguas. La idea del viaje a Mallorca había surgido porque Sand buscaba un lugar donde pasar el invierno con sus hijos Solange y Maurice, con el fin del evitar a este último una crisis reumática similar a la padecida el año anterior. Y la primera idea no era llevar a Chopin, aun cuando al final se embarcaron los cuatro.
Tanto en las obras de Sand como en algunas de las cartas del músico comprobamos que ambos tenían una visión idílica de lo que iba a ser el viaje a Baleares, porque esperaban, entre otras cosas, una temperatura casi veraniega. No se cumplieron estas románticas expectativas y el viaje a Mallorca fue un desastre. Se encontraron con condiciones climáticas muy diferentes a las que estaban acostumbrados a tener, tanto en París como en la magnífica mansión que Sand tenía en Nohant.
Llegaron a Palma de Mallorca el 20 de diciembre de 1838 y se embarcaron de vuelta el 13 de febrero de 1839. El primer problema con el que se encontraron es que no llegaba el piano que la casa Pleyel había enviado desde Francia para que Chopin pudiera trabajar. Al parecer, la aduana lo retuvo unos quince días. Padecieron un invierno muy lluvioso y la salud de Chopin empeoró. Ella debió hacer gala de una paciencia infinita para sobrellevar tanto la situación que se les presentó allí como a su enfermo. La fascinación que podía producir un Chopin sano y animado, como cuando se le veía en los salones literarios de moda en París, era radicalmente opuesta al Chopin enfermo, un hombre angustiado con el que la convivencia no debía de ser muy sencilla.

Aunque los problemas pulmonares habían comenzado en París, por aquel entonces Sand pensaba que sólo podía tratarse de un simple catarro. Sin embargo, los médicos que le atendieron en Mallorca se percataron de que se trataba de algo grave y también pensaron que era contagioso. Sand se negó a sí misma que su amante tenía un principio de tuberculosis y le parecía exagerado tanto el diagnóstico de los doctores como las reacciones de los lugareños, temerosos de que el enfermo desencadenara una epidemia en la isla. En la actualidad se discute si el mal que acabó con Chopin fue una tuberculosis, pues nadie de su entorno resultó contagiado, pero, en cualquier caso, lo que sí parece indudable es que ya en 1839 presentaba síntomas de algo serio, bastante similar a la tisis.

Aunque no fuera lo esperado, el viaje a Mallorca asentó la convivencia entre ambos artistas, una convivencia que duró ocho años, en los cuales él compuso una parte importante de sus obras maestras, como los Preludios op. 28, las Polonesas op. 40, el tercer Scherzo, los ciclos de Mazurcas y Nocturnos de madurez, las dos grandes polonesas (la «Heroica» y la Polonesa-Fantasía op. 61), además de retocar otras obras compuestas con anterioridad, pero que en estos años llegarán a su versión definitiva. Por su parte, Sand escribió algunas de las mejores páginas de la literatura francesa de todos los tiempos.

(continuará...)

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