sábado, 25 de febrero de 2012

Vladimir Horowitz


Se han publicado varias biografías y cientos de artículos sobre él, se reeditan sus grabaciones y los aficionados cuelgan sus videos en Internet, porque el legado pianístico de Horowitz es uno de los más importantes del siglo XX. El paso del tiempo muestra que el que fuera considerado y apodado como «el último romántico» fue mucho más que un inmenso virtuoso.

De Kiev a Nueva York
Vladimir Horowitz nació el 1 de octubre de 1903 en Ucrania e ingresó en el Conservatorio de Kiev en 1912, donde estudió, entre otros, con Felix Blumenfield, que a su vez había sido alumno de Rimsky-Korsakov. Se dice que Blumenfield no era el típico profesor de piano preocupado de la técnica por encima de todo, sino que ponía más énfasis en desarrollar la musicalidad de sus alumnos. Volodya, como se llamaba familiarmente a Horowitz, se graduó en 1920 tocando un programa en que se podía adivinar sus grandes posibilidades: la Toccata de Bach-Busoni, la Sonata op. 111 de Beethoven, la Fantasía op. 49 de Chopin, la Sonata nº 2 de Rachmaninov y la Fantasía sobre “Don Giovanni” de Liszt, además del Quinteto op. 44 de Schumann, el ciclo Winterreise de Schubert y el Concierto para piano nº 3 de Rachmaninov. En 1913 Scriabin aceptó escucharle y, en una audición privada, Horowitz tocó para él música de Chopin y de compositores rusos. Para Scriabin no había duda del talento del joven y recomendó a su familia que le dieran una buena educación general. En esa época también conoció a Arthur Schnabel en Leningrado.
Debido a la Revolución rusa el padre de Horowitz perdió su empresa y el joven pianista, queriendo ayudar a su familia, debutó en 1921 y pidió a su tío que le organizara conciertos en los años siguientes. Desde 1922 son memorables las proezas pianísticas, como tocar de memoria el ciclo completo Winterreise, o presentar once programas distintos en 1923. Su éxito se extendió por toda Rusia y tocó en las principales ciudades, desde Leningrado a Moscú. Traspasó las fronteras de su patria y en 1926 viajó a Berlín, donde dio dos conciertos. Schnabel le felicitó, la crítica le elogió y se le concedió la oportunidad de tocar el Concierto nº 1 de Tchaikovsky con Oskar Fried. En ese momento empieza a gestarse la leyenda de Horowitz, un pianista cuyas octavas más que deslizarse por el piano, volaban. También empezó con sus originales cambios de programas, como tocar las cuatro baladas de Chopin en orden inverso, empezando por la cuarta y acabando por la primera. De Alemania pasó a París y conquistó toda Europa. Críticas que decían «…no había sucedido nada parecido desde que Hamburgo descubriera a Caruso…» empezaron a ser el pan de cada día. Pero, al iniciar este salto a la fama con los conciertos de Berlín, quizás no podía imaginar que pasarían sesenta y un años antes de que pudiera regresar a su patria.
El 24 de diciembre de 1927 Horowitz y su agente se embarcaron rumbo a los Estados Unidos. El debut en Nueva York supuso una inflexión importante en su carrera, aunque resultó una difícil prueba para él. Como programa, el Concierto nº 1 de Tchaikovsky, que tan bien conocía y tocaba, con Thomas Beecham al frente de la Filarmónica de Nueva York. Parece ser que Beecham ignoró bastante al solista durante los ensayos e impuso unas velocidades más lentas de lo que Horowitz consideraba adecuado. La noche del concierto, Horowitz se acomodó en los dos primeros movimientos, pero al empezar el brillantísimo final, aumentó la velocidad, dejando atónito al director, a los profesores de la orquesta y, con su juego enérgico y vigoroso, a todo el público. Como interpretación no fue la mejor de su vida (Horowitz decía irónicamente «al menos acabamos juntos»), pero el público americano entendió el mensaje: tenían ante sí a un pianista que combinaba una técnica fulgurante con una personalidad que haría historia. El éxito fue clamoroso.
Durante la década siguiente, Chopin y Liszt ocuparon un lugar de honor en sus programas y empezó a colaborar con los mejores directores de orquesta, como Toscanini, con quien interpretó el Concierto nº 5 de Beethoven. Se casó con su hija Wanda en 1933 y, un año después nació la única hija del matrimonio, Sonia Horowitz-Toscanini, quien murió en 1975. Esta década es también la de la gran amistad con su compatriota Rachmaninov. En 1936, a causa de un extremo agotamiento agudizado por las complicaciones de una operación de apendicitis, se produjo la primera parada de su carrera de concertista. Pasó dos años en Lucerna sin tocar en público, hasta la temporada 1938/39 en que regresó a Estados Unidos. A excepción de algunos conciertos en los años cincuenta en Londres y París, no tocaría en Europa durante décadas. Hubo una segunda interrupción entre 1953 y 1965 y su vuelta a los escenarios en el Carnegie Hall, tras doce años de ausencia, despertó un interés comparable al que más tarde han suscitado las apariciones de los reyes del Pop. Se formaron colas para comprar las entradas y la gente quería ver y escuchar a Horowitz aunque no les interesara el piano o la música clásica.
Durante la década de los ochenta Horowitz alcanzó la gloria. Sus apariciones en público resultaban electrizantes. Sus interpretaciones del repertorio romántico tenían una fuerza sobrecogedora. Su regreso a Moscú en 1986 supuso un momento emotivo tanto para él como para el público ruso.
Falleció el 5 de noviembre de 1989 serenamente, sentado en un sofá. El día anterior el pianista estadounidense Murray Perahia le había visitado y Horowitz había tocado para él Weinen, Klagen, Sorgen, Zagen de Liszt. Fue enterrado en el panteón de la familia Toscanini en el Cementerio Monumental de Milán y su esposa, Wanda Toscanini, consciente del valor histórico del hombre al que había acompañado durante cincuenta años, cumplió la voluntad de su marido y donó sus archivos a la Universidad de Yale.

«A Horowitz le ocurrió como intérprete lo mismo que a Tchaikowsky, a Puccini, a Strauss y a Rachmaninov como compositores: aclamados por el público y triturados por la crítica hasta que su constante éxito puso en ridículo a los censores». (P. Rattalino).

El repertorio
La imagen de Horowitz como pianista que siempre buscaba el espectáculo no es real. En parte esta fama venía porque en sus conciertos solía incluir una última pieza muy brillante y también, porque desde muy pronto, cuando Horowitz tocaba, la sala se llenaba de pianistas jóvenes que buscaban los secretos del Maestro. Durante años se imitaron «los fraseos de Horowitz», «los tempi de Horowitz», incluso la posición de manos de Horowitz, sin incorporar su profunda musicalidad y su increíble personalidad. Si consultamos y analizamos el repertorio que estudió e interpretó comprobaremos que abarcaba desde el Barroco hasta la música contemporánea, desde Bach hasta Barber, y, en mayor o menor medida, todas las escuelas, desde la rusa hasta la americana, pasando por la francesa o la alemana.
Horowitz siguió ligado a su tierra natal a través de su dedicación fiel a los compositores rusos. Su carrera no se puede ni entender ni explicar sin ciertas obras como el Concierto nº 3 de Rachmaninov o el Concierto nº 1 de Tchaikowsky. El primero fue una de esas obras que acompañan toda la vida a un intérprete y le dan seguridad y suerte. Con la segunda alcanzó algunos de sus mayores momentos de gloria; pero su interés por el repertorio ruso va mucho más allá e incluyó en sus programas obras menos conocidas, como las sonatas de Medtner o las piezas de Liadov y Kabalevsky, los estudios de Moszkowski, y numerosas obras de Prokofiev, que entonces no era tan populares como hoy en día.
También se interesó por redescubrir obras que entonces no formaban parte de manera habitual de los programas de concierto, como las sonatas de Domenico Scarlatti y las de Muzio Clementi. También tocó algunas de Joseph Haydn, que, en aquella época sólo interpretaba el pianista alemán Wilhelm Backhaus. Horowitz, que hablaba perfectamente francés, sintió una cierta complicidad con la música francesa. Se interesó por las baladas, impromptus y nocturnos de Gabriel Fauré. Incluyó en sus conciertos algunas de las obras maestras de Claude Debussy y de Maurice Ravel.
También tocó y grabó sonatas de Beethoven en medio de una generación de pianistas beethovenianos tan relevantes como Arthur Schnabel, Edwin Fischer, y el ya mencionado Backhaus, ante quienes la crítica se rendía afirmando que no sólo se trataba de grandes pianistas sino de músicos de altísimo nivel. Cuando se comparaba a Horowitz con ellos, el ruso salía perdiendo. Pero, el paso del tiempo muestra que las versiones que Horowitz hizo de las sonatas de Beethoven merecen toda nuestra atención. En sus últimos años, Horowitz fue un gran intérprete de Mozart, dejando algunas grabaciones que sobrecogen por su belleza. Y, por encima de todo, y durante toda su vida, fue un admirable intérprete de Chopin y de Schumann. Resulta impactante en las obras largas y complejas como las sonatas, y muy poético en las piezas más pequeñas como Ensueño de Schumann, que tantas veces ofreció como bis. Además creó su propia versión de algunas obras maestras como la Danza macabra de Saint-Saëns-Liszt, la Marcha nupcial de Mendelssohn, la Leyenda nº 2 y las Rapsodias húngaras nº 2, 15 y 19 de Liszt. Dentro de este grupo, sus Variaciones sobre un tema de Carmen de Bizet se convirtieron en un sello de sus conciertos.

Las múltiples facetas de Horowitz
Su talento interpretativo era muy versátil, capaz de pasar de un piano diabólico, perfecto para obras como el Mephisto-Walzer de Liszt, a la pureza y candidez de las Escenas de niños de Schumann; capaz de llegar a unos niveles desgarradores de paroxismo en las obras de Rachmaninov y media hora más tarde mostrar un absoluto equilibrio emocional en las sonatas de Haydn o Scarlatti. Y, aunque se ha criticado tanto su falta de fidelidad al texto como los errores producidos en conciertos por sus nervios e inseguridades, era capaz de traducir una verdadera enciclopedia de sentimientos, emociones y pasiones. Su técnica era asombrosa con una capacidad de fuerza y rapidez, dentro de una sonoridad plena, que superaba, según muchos, a todos los pianistas de su época.
Horowitz se dio a conocer y triunfó en unos años en que tal vez no había tantos pianistas como ahora, pero la cantera de pianistas legendarios parecía inagotable. Sólo en lo que respecta a Chopin, Horowitz tenía dos colegas tan imponentes como él: Arthur Rubinstein y Alfred Cortot, el primero representante oficial del Chopin polaco y, el segundo, paradigma de la elegancia del Chopin francés. Poder encontrar un hueco en medio de estos dos titanes da idea de las cualidades sonoras de su juego y de su personalidad musical. Entre Rubinstein y Horowitz se estableció una cierta competencia, porque, a pesar de sus notables diferencias, tenían puntos en común. Todo lo extrovertido que era Rubinstein en la vida real, era introvertido Horowitz. Sin embargo en el escenario, si Rubinstein tranquilizaba, Horowitz excitaba. Los dos eran originarios de una Europa de gran tradición musical y los dos habían realizado, cada uno a su manera, el sueño americano. Ambos eran espectaculares, lo sabían y en parte lo explotaban. Horowitz tenía en su contra, frente a Rubinstein, y también frente a tantos otros, una gran irregularidad en sus apariciones públicas que, al pasar los años, le fueron produciendo una profunda inseguridad. En ocasiones no fue un intérprete impecable: unas veces, porque los nervios le traicionaban y otras porque arriesgaba demasiado y no siempre le salía bien. Tuvo tardes y noches tan desastrosas como para acabar con la carrera de cualquiera. La crítica dejó constancia de cada uno de sus malos momentos. Sin embargo sus conciertos brillantes fueron tan inigualables que conquistó al público. Los malos días de Horowitz, sus sombras, han contribuido a agrandar su leyenda y la historia se ha apoyado en sus fragilidades para dignificar al hombre y mitificar al pianista.

 «Para convertirse en un intérprete capaz de “recrear” verdaderamente la música, y no simplemente en un mago del instrumento, son necesarias tres cualidades en igual medida: una mente educada, disciplinada y llena de imaginación; un corazón abierto y generoso; y por último, un absoluto dominio técnico del instrumento. Muy pocos músicos alcanzaron alguna vez las más altas cotas artísticas en el pleno equilibrio de estas tres cualidades. Y eso es lo que he perseguido durante toda mi carrera». (Vladimir Horowitz)

La discografía
Afortunadamente la discografía de Horowitz fue muy importante y constante a lo largo de su vida. Como una gran parte se ha ido reeditando podemos escucharle en grabaciones desde los años treinta hasta los años ochenta. En el terreno de la música de cámara se conserva su colaboración con el violinista Nathan Milstein, en las sonatas de Beethoven y Brahms y con el violonchelista Mstislav Rostropovich en la Sonata op. 19 de Rachmaninov o en el Trío op. 50 de Tchaikovsky junto al violinista Isaac Stern. Las grabaciones de los conciertos con orquesta son impactantes porque podemos escucharle al piano con los grandes directores de la época dirigiendo la Orquesta Filarmónica de Nueva York, la Orquesta del Festival de Lucerna, la NBC Symphony Orchestra, etc. Así tenemos a Horowitz con Bruno Walter, Fritz Reiner, Arturo Toscanini, Carlo Maria Giulini y la crema del repertorio concertante, desde el Emperador de Beethoven, los dos conciertos para piano de Brahms, el de Tchaikovsky, etc. En el caso del Concierto nº 3 de Rachmaninov podemos seguir la evolución del pianista, desde la versión de los años treinta con Albert Coates a la batuta, a la de Eugene Ormandy a finales de los años setenta, pasando por la de Fritz Reiner o Sergei Koussevitzky en los años cincuenta.
Como solista son históricas tanto las grabaciones de las sonatas de Scarlatti y Clementi, como las de Chopin, Schumann o Liszt. En definitiva, gracias a una inmensa discografía es posible sentir  y revivir la esencia de su arte.

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