viernes, 9 de marzo de 2012

Gabriel Fauré al piano

La obra para piano de Gabriel Fauré es fundamentalmente un conjunto de casi setenta piezas de pequeñas o mediana extensión, a excepción de la Balada en Fa sostenido mayor, op. 19 (1879) y el Tema y variaciones, op. 73 (1895). Fauré compone las siguientes series de piezas:

  • 3 Romanzas sin palabras
  • 8 Piezas breves
  • 4 Valses-caprichos
  • 5 Impromptus
  • 9 Preludios
  • 13 Barcarolas
  • 13 Nocturnos


Las Tres romanzas sin palabras, op. 17 y los nueve Preludios, op. 103 son las únicas series compuestas conjuntamente en un corto espacio de tiempo. En el resto, y en particular en las Barcarolas y los Nocturnos, la composición se extiende a lo largo de toda su vida. Entre el primer Nocturno y el último (ca.1875 y 1921 respectivamente) discurren más de 40 años. Otro tanto sucede con las Barcarolas, pues la primera data seguramente de 1881 y la última también de 1921. En 1881 también compone el primer Impromptu y en 1905 el último. En los Valses-caprichos la extensión cronológica es más reducida, ya que son escritos entre 1879 y 1894. Por tanto, las innovaciones de su escritura pianística se realizarán en el interior de las piezas, pero los géneros que escoge en su juventud le seguirán siendo válidos en su vejez. Podemos apreciar etapas y evoluciones, dentro de cada serie, pero no hay una diferencia significativa, en cuanto a la utilización del género elegido, entre la primera pieza y la última. Esto es probablemente una prueba de que estos géneros no son moldes a la moda para compositores como Fauré, sino estructuras tan estables como la sonata para Haydn o Mozart, donde puede volcar su invención musical con 30 años y con 80, sin que eso le limite ni se produzca una modificación exterior del género significativa.

Aunque pueden apreciarse muchas diferencias entre las piezas de juventud, las de madurez y las de la última etapa de su vida, una gran parte de las características que definen su estilo están presentes, como se ha mencionado, desde el primer momento y son las siguientes: acepta las denominaciones a la moda, con las que además rinde homenaje a sus modelos, principalmente a Chopin; la mayoría de las piezas, aunque algunas sean muy breves, y las más largas tampoco duren más de diez minutos, son de escritura muy densa y hacen pensar en los Klavierstücke de Schumann o de Brahms. Como el compositor de Hamburgo, Fauré traslada al piano una densidad coral y orquestal y una paleta infinita de colores. El discurso puede ser conciso, pero está repleto de matices, y de asociaciones de ideas que nos llevan muy lejos. Son grandes piezas en miniatura.
En todas las series, Gabriel Fauré da prueba de su capacidad casi innata para conciliar lo académico y lo innovador. Por un lado, se mantiene fiel al género que escoge: respeta, por ejemplo, los patrones rítmicos de mazurcas y valses, o el estilo del acompañamiento típico de una barcarola, o ese toque de improvisación apasionada característica de los impromptus. Por otro lado, se desapega sutil pero firmemente de las connotaciones de cada género, y, por supuesto, de los significados literarios de los mismos. Aunque componga utilizando la estructura de la forma sonata, la disfraza con ritmos o contornos más propios de pequeñas piezas, en un eterno ABA’. En sus piezas prima bien el contenido o bien la innovación armónica, y, para lograr lo uno y lo otro, no escatima esfuerzos, que complican sobremanera la técnica pianística. Cuando se analiza en profundidad cualquiera de las piezas de estas series, puede comprobarse con qué naturalidad juega con las convenciones. En una página están y en la siguiente han desaparecido, hasta el punto de que, según cómo se analice la pieza, según qué elementos pongamos de relieve, podremos obtener una imagen de Fauré muy respetuoso con la tradición o muy innovador. Esto significa que, por encima de todo, aborrece cualquier brusquedad y que las rupturas con las convenciones son prácticamente invisibles.

Como otros compositores franceses de la misma época, compuso dos obras para piano a cuatro manos y varios arreglos para dos pianos. De las piezas para cuatro manos la más conocida es Dolly, una de las mejores obras de toda la historia de este repertorio. Consta de seis piezas breves en que podemos estudiar distintos estilos de Fauré. La segunda obra, menos conocida, es un conjunto de variaciones sobre temas wagnerianos donde flota la ambigüedad entre el homenaje y la burla. Los arreglos, absolutamente desconocidos incluso por los pianistas, muestran su dominio de la escritura, al igual que las cadencias que escribió para conciertos de Mozart y Beethoven.
Fauré compuso sólo dos obras para piano y orquesta: la versión para orquesta de la Balada, op. 19, y la Fantasía para piano y orquesta, op. 111. Orquestó la primera, pero no la segunda que la encargó a otra persona.

Para adquirir el libro, dirigirse a http://nauclero-ediciones.com/

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