domingo, 16 de octubre de 2016

El lenguaje de Samuel Barber



Desde su opereta de niñez hasta su última obra, consideró todos los géneros musicales y en todos ellos hay algún opus que ha llegado a formar parte de las obras más celebradas de la música americana.

El lenguaje de Barber está fuertemente anclado en la música del siglo XIX. La influencia de las obras maestras europeas de Johannes Brahms o Richard Strauss, entre otros, es un legado que fundamenta sus obras sinfónicas y, en general, su manera de componer. Aunque rítmica y armónicamente diseña estructuras bastante complejas, la preeminencia de la melodía aporta naturalidad y sencillez. El resultado es eminentemente lírico, aunque ello no le garantizó una opinión unánime. Tuvo detractores y defensores: los primeros argumentaban que su obra era excesivamente tonal y, en consecuencia, poco moderna. Se le comparaba a Ives o a Carter. Si en ellos se apreciaba un lenguaje rompedor, original y que podía estimular los nuevos caminos de la composición occidental, en Barber, se decía, que solo había más de lo mismo, un postromanticismo a la americana sin mayor horizonte. Los defensores sostenían que la belleza de sus melodías hablaba por sí sola y que, a diferencia de tantos otros, era capaz de ampliar tradiciones como la del cuarteto o el concierto grosso en pleno siglo XX. A medida que se puso de moda las vuelta a los estilos del pasado y que las proposiciones neorrománticas dejaron de verse como un atraso la música de Barber tomó más sentido y aumentó la consideración por él, aunque su lenguaje distara tanto del de los compositores de los años cuarenta o cincuenta.

La interpretación del Adagio para cuerdas por Toscanini desencadenó una cierta polémica. Para el New York Times se trataba de «un anacronismo antidiluviano». Pero las voces de los defensores se alzaron con suficiente fuerza y afirmaron que suponía una aportación memorable a la música por cuerdas. Además de sus cualidades, la sonoridad del Adagio es de una belleza indiscutible y ciertamente se escucha con el mismo agrado que cualquier obra de música de cámara clásica o romántica.

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