Si el Profesor Filemón Arribas (1903-1968) Catedrático de Paleografía de la Universidad de Valladolid, autor del libro La cofradía de N.P. Jesús Nazareno de Valladolid y devoto miembro de la misma hasta su muerte, hubiera podido asistir al estreno de la Pasión de Jesús Nazareno de Ernesto Monsalve el pasado 4 de abril, no solo habría aplaudido la iniciativa. Su rigor intelectual le habría animado a seguir desentrañando los archivos de la Penitencial para dotar de contexto histórico a este hito.
Habiendo heredado, no sé si tanta erudición, pero sí la vocación investigadora de mi abuelo, cabe reflexionar sobre la complejidad extrema de la música sacra, donde convergen liturgia, exégesis literaria, retórica musical, así como diversas tradiciones vocales y orquestales. Si su análisis es difícil, componerla es un desafío.
Atreverse con un oratorio sobre la Pasión de Jesús supone medirse con una larga lista de genios, desde los compositores anónimos del Triduo Pascual del Canto Gregoriano hasta las Pasiones de Johann Sebastian Bach, pasando por el Officium Hebdomadae Sanctae de Tomás Luis de Victoria, las Historias de tantos pasajes bíblicos de Carissimi y las tres Pasiones de Schütz. Cuando estos músicos del pasado componían oratorios, esa era la música que circulaba; pero, en un ecosistema cultural como el nuestro, dominado por la inmediatez y donde canciones que no respetan los principios elementales de la rima se hacen virales, componer un motete de 7 minutos en latín, y mucho más un oratorio, es una heroicidad.
El Requiem Sombras de Enrique Muñoz (profesor emérito de la UAM), las muchas obras religiosas de Javier Centeno Martín (Máster de Composición por la Unir y Profesor titular de la UBU) y ahora esta Pasión de Jesús Nazareno de Ernesto Monsalve prueban que la música sacra vive y respira. En Valladolid yo misma presencié cómo las entradas para el 4 de abril se agotaron con mucha rapidez.
La obra de Monsalve demuestra que la música no tiene por qué plantearse hoy en términos de elección: podemos combinar textos de hace cientos y miles de años, la tradición italiana del oratorio católico, la retórica más barroca de las pasiones luteranas con música atonal, blues y recursos audiovisuales. Hace presente algo que todos los compositores actuales de música sacra defienden: que más allá de la religiosidad —que, por supuesto, existe para quien es creyente— este repertorio alberga un mensaje de resiliencia, redención, esperanza y paz.
Si los que nos dedicamos a la música clásica no negamos ni una ni tres veces nuestro repertorio a pesar de la inmensa presión de las modas y el marketing es porque vivimos en una dimensión del tiempo diferente. Nuestras melodías no duran unos meses como tantos éxitos que eclosionan y desaparecen con la misma rapidez. Nosotros llevamos escuchando, cantando, glosando y estudiando el Pange Lingua o el Dies Irae unos ocho siglos. Y es justo en eso en lo que tanto nos parecemos a las cofradías, como la Penitencial de N.P. Jesús Nazareno, de la que se tiene noticias desde el 27 de marzo de 1601.
Ernesto Monsalve y todas las personas e instituciones que han participado en la Pasión de Jesús Nazareno nos han regalado un recuerdo imborrable que se une a tantos otros musicales, históricos y personales, porque, mientras el mundo se entretiene con lo fugaz, nosotros, como las cofradías y los estudiosos que nos han precedido, no dejaremos de custodiar lo eterno.