Capricho catalán


         En los últimos tiempos, me pregunto qué haría Isaac Albéniz si levantara la cabeza. Lo primero que pienso es que seguiría los sabios consejos de Gabriel Fauré cuando le aconsejaba que se instalara definitivamente en Francia. Hoy en día sería muy complicado para Albéniz conciliar el orgullo de haber nacido en Cataluña con una concepción artística de amplias miras que le llevó a titular muchas de sus obras con la palabra «España» y sus gentilicios o sinónimos. Supongo que él se defendería diciendo que los palos del flamenco o las características visuales y auditivas de barrios y regiones no catalanas le daban mucho juego en la composición, tanto desde el punto de vista musical como práctico.

       Dudo mucho que si su magna Iberia se hubiera inspirado exclusivamente en melodías y ritmos catalanes hoy fuera parte de todos los repertorios pianísticos del mundo y hubiera despertado la pasión absoluta de los pianistas franceses, japoneses y tantos más. Tal vez consciente de las diferentes posibilidades del folklore de cada región prefirió para su hermoso Capricho catalán una pieza breve y sencilla, y dejó para Triana, El Albaicín o Lavapiés obras maestras de la literatura pianística de todos los tiempos; y las razones de estas decisiones no fueron políticas sino musicales: el mundo español le inspiraba más que el meramente catalán.


       Esta capacidad para mantener el amor por la región de origen y al mismo tiempo tener una proyección nacional más amplia no sólo ha sido característica de Albéniz sino de la inmensa mayoría de los músicos catalanes del siglo XIX y XX. Granados salió mental y musicalmente de Cataluña para componer Goyescas y Federico Mompou —que tan magníficamente retrató las melodías catalanas en sus Canciones y danzas— asentó su obra cumbre, Música Callada, en la poesía de San Juan de la Cruz, un místico castellano. Con los intérpretes ha sucedido lo mismo y, sin renegar de sus orígenes, han sido y se han mostrado más españoles que nadie y el mejor ejemplo es Alicia de Larrocha.
            La realidad —por mucho que moleste— es que si toda la música en que los catalanes han intervenido como compositores, intérpretes o cantautores se hubiera limitado a su región no habría tenido el mismo éxito. Si Joan Manuel Serrat, hubiera titulado su canción Nací en el Mediterráneo con algo que —como se dice hoy— reforzara la identidad catalana, y hubiera puesto, por ejemplo, Nací en Gerona o Nací en Poblet de Mar no habría comunicado lo mismo y excluiría no sólo a tres cuartas partes de los españoles sino que se privaría de ese concepto histórico, que tan bien defendió Fernando Braudel, sobre lo que significa el Mar Mediterráneo como cultura y civilización.

Lo que me pregunto es si actualmente un artista catalán puede sentirse libre para poner «España» en los títulos de sus obras, tal y como hizo Albéniz, o si se le tacharía de conservador, centralista y anticatalán. O qué pasaría si incluye su pieza «Cataluña» dentro de una Suite Española. Y de la misma manera que un Estado sólo tiene identidad cuando es reconocido por otros y le envían sus embajadores, me pregunto qué habría sido de las carreras de todos estos catalanes universales sin folías, seguidillas, polos y todas esas «señas de identidad» de otras regiones de España. Por si acaso el camino hacia la autonomía catalana incluye borrar de su historia a todos los artistas catalanes que se dieron a conocer como españoles, que sepan que no hay problema: castellanos, andaluces, asturianos, cántabros y todos los demás adoptaremos sin complejos a Albéniz, Granados y Mompou, como a tantos otros, incluyendo las obras que rinden homenaje a sus región natal.