jueves, 6 de noviembre de 2014

Pena de 4 años de carcel por ruidos


Cuando salió a la luz el caso de una joven que, en su afán por convertirse en pianista, molestaba a la vecina no hubo periódico, cadena televisiva o red social que no se hiciera eco. Sí, llamaba un poco la atención una amenaza de castigo tan grave por estudiar el piano, pero también se transmitía el mensaje de «tocar un instrumento musical molesta/tocar un instrumento musical es una forma de contaminación acústica».
Pues bien, ¿alguien se ha enterado de que en Granada el Tribunal Supremo acaba de condenar a 4 años de cárcel y unas cuantas indemnizaciones (la mayor de 24.000 euros) al dueño de un bar por superar el número de decibelios? Yo no he visto que se haya dado tanta publicidad a este caso como al de la joven pianista. A pesar de que, para llegar al Supremo ha tenido que pasar algunos escalones anteriores, ¿no?
¿Por qué no hemos conocido este caso? Estas son mis teorías.
La primera, si los habitantes de este país, la gente normal que no está al tanto de la legislación en materia de acústica pero que sufre a diario la violencia de decibelios entre la que vivimos… se empieza a dar cuenta de que todos esos ruidos que le molestan están penalizados por la ley… lo mismo hay que crear un nuevo cuerpo de policía exclusivamente para atender a las mil llamadas por hora o por minuto. La segunda que ser intolerante con la cultura no escuece tanto como serlo con el Spanish way of life.
Pero el texto de la sentencia, según ha notificado Europa Press, señala lo que el sentido común debería dictarnos a todos: que, incluso siendo un bruto, uno se da cuenta de que la emisión de ruido desasosiega a quien lo padece. O que la voluntad de persistir en el ruido es un acto de egoísmo que sacrifica a los demás.
La legislación española nos protege de la contaminación acústica y es importante informar de ello a toda la sociedad y educar a los niños en su respeto. Mientras les dejemos chillar como condenados en los establecimientos públicos, sin ningún reparo por las otras personas que están compartiendo ese espacio, les estaremos inculcando que primero son ellos, luego ellos y al final ellos. Crecerán y querrán hacer una fiesta con los amigos, de la que no avisarán a los vecinos, no tendrán gesto alguno de cordialidad y si el vecino se queja a las cuatro de la mañana porque tiene que entrar a trabajar a las siete... le insultarán. Etcétera, etcétera, etcétera. Hoy, al menos, y mientras mejoramos en este terreno, podemos decir que Cultura 1/Bar 0. Que no es poco.

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