miércoles, 26 de junio de 2013

El cinismo hecho música


La mia Dorabella

Uno de los personajes de ópera que siempre me ha gustado es don Alfonso, de Cosi fan tutte. No es porque sea un dechado de virtudes, ya que estamos ante uno de los mayores falsos y cínicos de la historia de la ópera. Seguramente es porque escuché a Thomas Hampson haciendo de él y me fascinó. Y también, por supuesto, porque Mozart, ese maestro de la psicología de la personalidad, además de músico genial, dibuja como nadie la capacidad de los seres humanos para tener dos caras y no saber cuál estás viendo.
            Mis alumnos no se sorprenderán de este post porque es casi un rito iniciático conmigo el trabajar el personaje de don Alfonso para extasiarse, más que aprender, la precisión de Mozart dibujando el blanco y el negro a la vez. Empezamos por «La mia Dorabella» ese dúo inicial, animado, alegre y estimulante en que nos queda claro que los dos protagonistas son un par de cretinos mayúsculos. En medio de estos dos, aparece don Alfonso. Para uno que piensa, es imposible no fijarse. Les provoca y, como un par de ingenuos, caen en la trampa: la trama ya está en ruta y aceptan poner a prueba la fidelidad de sus novias, simulando que se marchan y disfrazándose de otros hombres que cortejarán a las chicas para ver si ceden.

Vorrei dir e cor non ho

El siguiente paso es uno de mis momentos preferidos de toda la historia de la ópera, ese diminuto fragmento de genialidad («Vorrei dir e cor non ho») en que don Alfonso, en muy pocos compases, hace creer a las dos protagonistas (Fiordiligi y Dorabella) que está aterrado ante la idea de que sus novios tengan que embarcarse. A estas alturas de la ópera (y estamos al principio) ya ha engañado al 50% del personal. Don Alfonso, un fénix del cinismo, no solo utiliza palabras como «fatalidad», «piedad», etc. sino que casi se ahoga dando la noticia. Mozart le echa una mano en la pantomima con una figura rítmica que indica el jadeo de un hombre angustiado y que casi se desmaya del disgusto. Para terminar el retrato, estos tres mismos personajes despiden a los chicos en el puerto y ven cómo se aleja el barco en ese Trío que suena a océano, «Soave sia il vento». Ahí, don Alfonso, de tan bien que finge, se lo cree. Se cree apenado y preocupado por dos hombres que no van a la guerra sino a disfrazarse en el cuarto de al lado para poner a prueba a las chicas.

Soave sia il vento

            Una tras otra, cada aparición de este malvado deja al espectador sin habla: cuanto más miente, cuanto más finge… mejor te cae. Pero dejemos claras las cosas: un tipo así en la vida real daría asco. Como aquí Mozart pone música a la fineza de su inteligencia y a la picardía de su maldad… es mucho más atractivo. Porque aquí viene la gran pregunta: ¿para qué hace todo este mal, que casi termina en la ruptura de las dos parejas? Para nada, para divertirse o, en el mejor de los casos, para probar sus teorías. Es como un gigante jugando con liliputienses. Aquí es adecuado el refrán de «cuando el demonio no tiene que hacer mata moscas con el rabo». Y, sobre todo, para quedar como el eterno bueno de la película: porque el que arregla el desaguisado final es él, ejemplo de serenidad y templanza, a diferencia de las dos parejas que se ven sumidas en un caos absoluto y que acaban no sabiendo si intercambiarse o morirse de vergüenza por haber quedado los cuatro (y no únicamente las chicas) al descubierto.

            En manos de cualquier otro compositor, don Alfonso repugnaría. Mozart es un padre amante con sus personajes, sobre todo en el registro bufo, y nunca son malos del todo. Y además aquí tiene glamour, es un tipo elegante, escéptico, inteligente… y comparado con lo que circula por la ópera, un hombre atractivo. Pero, bajo todas las características musicales que apoyan la falsedad de don Alfonso, se escucha el mensaje discreto pero preciso de que este tipo es un liante y no es de fiar. Mozart lo dice una y otra vez, con motivos muy circulares que resultan inapreciables pero que ahí están. Es extraordinario cómo el compositor establece a la vez los dos niveles psicológicos: el que ven los demás y el que realmente es. Don Alfonso engaña a los otros personajes y, de una manera diferente, a todo el público pero a Mozart no. Y aquí es él el hombrecillo de Liliput con sus dos caras, enredado en su complejidad como un gato con una madeja. Para nosotros, pobres incautos, es un ser inteligente. Para Mozart no es ni más ni menos que el resto de sus personajes.  
Cosi es una biblia de las relaciones humanas, de lo visible e invisible, que deberíamos leer más a menudo, repleta de lecciones y de resignación: el ser humano deja mucho que desear. Tal vez por eso existe la  Música.

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