viernes, 27 de abril de 2012

De la plena integración de las enseñanzas artísticas superiores en la universidad



El refranero español dice que a quien algo quiere, algo le cuesta. Hay que tenerlo muy presente a la hora de solicitar la plena integración de las enseñanzas artísticas superiores en la universidad. Y, en muchas ocasiones me pregunto, si el personal de los conservatorios realmente conoce los peajes de la universidad y, sobre todo, si está maduro para sobrellevarlos.

Un profesor de universidad, y su departamento, conviven a diario con la ANECA. Estas siglas corresponden a la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad  y la Acreditación e implica un proceso por el cual prácticamente todo es evaluado (la capacitación docente de los profesores, los planes de estudio y los departamentos). En el caso de los profesores, los criterios son múltiples: formación, experiencia docente, publicaciones con índice de impacto y otras, participación en proyectos de investigación i+d y otros, participación en congresos, conferencias, etc; actividad artística (donde, hasta el presente, la interpretación cuenta bastante poco o nada) y otros méritos. Cada uno de estos parámetros se mide con un porcentaje diferente basado en una lista de criterios muy larga y prolija de explicar aquí, pero muy interesante de leer y asimilar. Un profesor se puede acreditar —o conseguir la Aneca, como decimos vulgarmente—en figuras de distinta categoría, desde colaborador a catedrático. Por un lado, como la cúspide de la formación universitaria es el doctorado, casi todas ellas no sólo lo puntúan sino que lo exigen como requisito previo. Por otro, la universidad va íntimamente ligada a la investigación, y todos los méritos relacionados con la misma tienen un valor tan o más grande que la experiencia docente. La Aneca, por supuesto, distingue las especialidades, y una persona con méritos en pedagogía musical no podría acreditarse en musicología o una de musicología en historia del arte.

El proceso de acreditación de un profesor es complejo. Hay que rellenar los papeles con minuciosidad y, antes de eso, procurarse todos los certificados que den fe del currículum y algunos de ellos en los formatos que exige la Agencia. En lo que se refiere a las publicaciones hay que llevar a cabo un trabajo exhaustivo de búsqueda de los índices de impacto, las veces que el texto ha sido citado, etc. La acreditación no asegura el trabajo, sólo la capacitación para hacerlo y es un requisito imprescindible para acceder a la mayoría de los puestos universitarios. Y, aun estando acreditado, no es suficiente para conseguirlo porque se valora la adecuación de los candidatos al perfil de la plaza. Así que «la Aneca» es un compañero de viaje del profesor universitario y un proceso que, en muchos casos, sólo permite presentarse a los concursos de méritos con los que se accede a la universidad. Un procedimiento, por tanto, cansado y no siempre fructífero, aunque interesante porque, de alguna manera, refleja el perfil de una persona y puede tomarse buena nota para mejorarlo. El proceso de evaluación de los planes de estudio de los departamentos es igual de complejo o más y requiere un trabajo considerable sólo para llegar a presentar los papeles.

¿Qué pasaría si en unos meses los profesores de conservatorio y los planes de estudio tuvieran que solicitar la Aneca para seguir existiendo? Probablemente habría adaptaciones del protocolo para los de interpretación o composición, pero es de sentido común pensar que para los de musicología se mantendría el mismo sistema que el de los  docentes de esta especialidad en la universidad. En primer lugar, caerían los no doctores. En segundo lugar, todos aquellos que tienen pocos méritos de investigación, y tal y como los entiende la Aneca, serían muchos. Aquellos que lograran acreditarse se llevarían la sorpresa de que, una gran parte de los concursos para trabajar como docente en la universidad, no tiene examen. Es un concurso de méritos. Presentar un dossier es más fácil que hacer una oposición de la especialidad, pero, no hay que engañarse: en muchos casos no es que las plazas estén dadas sino que el departamento conoce a uno o varios de los candidatos y tiene sus preferencias. Mientras los concursos de méritos de la universidad —por mucho que pidan la acreditación— tengan un apartado que es «perfil de la plaza», cuyos criterios no siempre están especificados… es muy difícil saltar por encima de la valoración de los candidatos que el departamento tiene en mente. Se habla de un truco tradicional empleado en este tipo de concurso: si se te presenta un buen candidato, pero no es el preferido, se le deja segundo o tercero a distancia suficiente para que no consiga ganar un recurso.

Todo lo que acabo de describir no es más que el principio. Es el proceso para entrar, nada más. Cualquier otro aspecto que analicemos nos dará resultados parecidos, es decir, los de un sistema que tiene muchos hilos y que se ha burocratizado al máximo. También un sistema donde, en mi opinión, se exige mucha más responsabilidad que en los conservatorios. Se espera un rendimiento tangible del profesor, es decir, que sus méritos personales aumenten cada año y que, además de enseñar, haga aportaciones al equipo. Si no es el caso, el departamento dejará de apoyarle. Se espera del jefe de departamento no sólo que lo dirija sino que lo fortalezca, sobre todo en los tiempos que corren. Que consiga estabilizar la plantilla, que consiga mantener y hacer crecer al alumnado, que luche con uñas y dientes para que los presupuestos lleguen a música y no se queden en carreras que tienen mayor antigüedad o prestigio en la universidad. La dejadez, la tibieza que se observa a veces en los conservatorios —y que, por supuesto, tiene sus causas y razones— pueden provocar en la universidad que no se renueve un contrato o que se cuestione la dirección de departamento. El grado de trasparencia es mucho mayor, no porque un docente o un jefe de departamento de universidad sean, por naturaleza, más trasparentes que los de conservatorio sino porque en la universidad todo tiene que aparecer publicado en los tablones y porque en las reuniones de departamento hay representantes de alumnos.

Durante décadas, los conservatorios han sido equiparados en España a secundaria —lo cual es profundamente injusto— pero también nos hemos acomodado a vivir como profesores de secundaria y el dorado de la universidad conlleva una manera distinta, y en mi opinión más madura, de afrontar la especialidad. Los profesores que desconozcan el sistema universitario deben informarse de cómo funciona intramuros.

España debería analizar por qué, en países que tanto imitamos en materia de educación musical desde hace siglos, como es Francia, sólo hay dos conservatorios superiores, de élite y públicos, y por qué —aunque establezcan lazos y convenios con las universidades— desean guardar una distancia prudencial. Pero, antes de eso, habría que reflexionar qué consideración tiene hoy en día la sociedad española de la carrera de música, si de verdad se reconoce igual a la de médico, ingeniero o a la de historia. Porque en Francia ser diplomado, licenciado, graduado o como queramos llamarlo del Conservatorio Nacional Superior de París es un inmenso prestigio social. ¿Se valora con el mismo criterio en España las cátedras de música de conservatorio que las de la universidad? Por supuesto que no, porque en el sistema universitario español no sería posible que pasaran 20 años sin convocar cátedras como sí ha sucedido en conservatorio, ni perennizar aquello que debería ser temporal (las interinidades de los catedráticos de conservatorio).

Si se equiparan las enseñanzas artísticas superiores a la universidad estoy convencida de que obtendremos las mismas obligaciones, Aneca incluida. Pero, ¿se nos concederán los mismos derechos? ¿Tendrán derecho los catedráticos interinos de musicología a tener la opción de opositar a una cátedra numeraria o a una figura de profesor fijo como sí la tienen los de universidad? ¿O es que nos vamos a conformar con que nos digan que sí, que somos iguales, mientras nos exigen el doctorado, la Aneca y el sinuoso concurso de méritos mientras, alegando la crisis, no se convocan oposiciones en conservatorios superiores pero sí siguen apareciendo cada años en todas las universidades públicas españolas?

2 comentarios:

  1. Un proceso de nivelación académica requiere otro proceso de reconocimiento hacia lo que ya existía como enseñanzas artísticas, simplemente,no había otras enseñanzas relacionadas en la universidad o disciplinas existentes similares. La barbarie con la que se a tratado a las enseñanzas artísticas, ha traido más confusión y desigualdad, por no decir que normas y decretos existentes se convierten en fraude de Ley, nada más hay que ver las últimas sentencias del Tribunal Supremo. En mi caso, puedo hablar de las especialidades de diseño, en ellas ya existían titulos conducentes a profesiones reguladas, por tanto la defensa de un derecho a nivelación académica está justificada con creces y cualquier tribunal Supremo o Constitucional pondría las cosas en su sitio.

    ResponderEliminar
  2. Gracias por el comentario. Desconozco por completo lo que sucede en carreras como diseño, pero sí que sería muy interesante comparar qué tratamiento reciben en general las carreras artísticas en España, no solo en la actualidad sino desde hace 50 ó 100 años.

    ResponderEliminar