viernes, 10 de febrero de 2012

Ola de frío en la enseñanza musical


[Madrid-Segovia - ©Foto BCMontes, 8.02.2012]

Desde hace más de una semana, las noticias han anunciado una ola de frío siberiano que, tras cubrir a Europa de nieve, iba a llegar a España. No sé cuántas veces han mostrado en los informativos las preciosas imágenes blancas del Campo de Marte en París. Las autoridades y las empresas privadas de autopistas estaban avisadas.

Llegó el temporal anunciado y esperado, y, por falta de previsión, una de las autopistas principales del país (la A6) tuvo que cerrarse. Muchas personas se quedaron bloqueadas en la nieve o, lo que es peor, dentro del túnel de Guadarrama (Madrid). Algunos tuvimos suerte y pudimos desviarnos a tiempo y transitar por otras autopistas que, como la de la foto (AP 61), tampoco habían previsto semejante ola de frío.

Al visionar esta fotografía, hecha desde el coche, cuando no sabía si me quedaría bloqueada en medio de la nieve, me pareció una perfecta metáfora de la situación de la enseñanza general, y, en particular, musical. Son muchos los síntomas de que se avecinan tiempos difíciles y parece que no queremos anticiparnos.

De todos los males que nos aquejan, el que más me preocupa es el de la relación maestro-discípulo. Sé que los docentes de música somos unos privilegiados, que casi nunca tenemos problemas de disciplina porque, en principio, el alumno o sus padres han decidido voluntariamente que estudie música. Sin embargo, compruebo que se está perdiendo tanto la idea de filiación como la de una simple relación de calidad. Es una pérdida irreparable para todos.

Los alumnos se verán privados de la inspiración que da un maestro, de cómo hace crecer en uno el deseo de emulación que lleva a mejorar y a perfeccionarse. El maestro acorta el camino porque transmite una síntesis de lo que ha estudiado y, en muchos casos, son décadas. También comunica, incluso inconscientemente, un saber hacer, una experiencia profesional que no es fruto de lecturas o investigación, sino de encontrarse en multitud de situaciones profesionales durante muchos años.

El maestro también pierde: la fuerza que da entregar lo que uno ha adquirido, compartirlo y sentir que sirve a los demás. Pierde el aprendizaje que conlleva la enseñanza, porque no basta con saber hacer algo, sino que hay que conseguir que otro lo haga.

Observo actualmente dos actitudes cada vez más extendidas: la primera es el miedo a los alumnos. Miedo a que no se matriculen, a que se quejen, a que nos amenacen. La segunda es una dedicación de tiempo cada vez mayor, por parte de los estudiantes, a cuestionar nuestra calidad docente. Ambas están justificadas.

Yo misma he tenido en mis clases alumnos que me daban miedo, y he tenido que hacer un esfuerzo para sobreponerme a ese temor y conservar lo que yo entiendo por dignidad. El profesor está literalmente indefenso ante todos los derechos que puede ejercer un alumno. Como les ha ocurrido a otros colegas, han presentado alguna queja, por ahora esporádica, contra mis evaluaciones o docencia, quejas que, a día de hoy, no han tenido continuidad porque he podido argumentar mis decisiones pedagógicas. Pero, se me ha exigido dar explicaciones y hacer informes. Porque no sólo los profesores tienen miedo de los alumnos, también los directores de las instituciones. La universidad, y en general todos los centros docentes superiores, no están dispuestos a perder el dinero de la matrícula de un solo alumno, y, para ello han hecho suyo el adagio «el cliente siempre tiene razón» reconvertido en «el alumno siempre tiene razón». Hace años yo pensaba mis decisiones pedagógicas (contenidos, evaluación, etc.) en función exclusivamente de la materia musical. Ahora considero mi programa y mi docencia tanto desde el punto de vista musical como legal.

En cuanto a la segunda actitud, los alumnos encuentran que, en ocasiones, estamos desorientados y, en parte por ello, nos cuestionan. Tienen razón, a veces estamos completamente perdidos y es que, hasta ahora, no era necesario ser un especialista en legislación para impartir clase de música. No hemos pasado por la facultad de Derecho, no siempre entendemos lo que dicen los decretos, y, cuando tras un trabajo más costoso que memorizar varios preludios y fugas de Bach, comprendemos cómo se podrá aplicar el concepto legal que hemos leído... se cambia el plan de estudios... y vuelta a empezar. No he analizado si los planes de estudio con los que me formé en España y en el extranjero eran mejores o peores que los actuales, pero jamás escuché a nadie hablar de legislación. Había una estabilidad educativa que permitía que los profesores conocieran las virtudes y los defectos del plan de estudios. Nos decían claramente lo que teníamos que completar fuera del conservatorio o universidad (idiomas, cultura general, bibliografía especializada, técnicas paleográficas, masterclases, etc.).

La calidad de la docencia se basa en el conocimiento, en la pedagogía y también en la repetición. Hay que poner en práctica lo que se quiere enseñar, probarlo varias veces y analizar sus resultados. En ocasiones, no tenemos tiempo para comprobar cómo funciona el programa de una asignatura que impartimos por primera vez, pues, un curso después, se deroga o se deja de impartir. Así que sí, hay asignaturas en las que estamos desorientados y entiendo que los alumnos nos cuestionen.

Cuando un profesor como yo pone el grito en el cielo porque le intentan cambiar de asignatura (me ha pasado alguna vez en la universidad) te tachan de poco flexible. Y no, no es que no desee enseñar otras materias, es que necesito tiempo para rodarlas, de la misma manera que no aceptaría dar un concierto de una obra que he leído quince días antes de salir ante el público.

En los últimos tiempos, he observado que esta obsesión por los reglamentos y normativas oficiales se ha contagiado al alumnado. En la universidad he tenido varios alumnos con mayores conocimientos de nuestro plan de estudios y normativa académica que de historia de la notación o historia de la música. He tenido alumnos que antes se leen un decreto que un artículo del Grove. Poco a poco, por lo menos en la universidad, se aumenta el debate sobre normativa en detrimento de la discusión sobre música. Eso provoca situaciones surrealistas.

El curso pasado, un alumno de la universidad exigió, tras suspender y que yo revisara su examen, que un tribunal comprobara mi evaluación. El alumno conocía la normativa académica, pero no suficiente la asignatura, por eso había suspendido. El Dpto., siguiendo el reglamento, me exigió un informe y tuve que argumentar durante páginas por qué el alumno había fallado la pregunta que él cuestionaba. Ahora viene lo más interesante: tuve que argumentar por qué las innovaciones de Philippe de Vitry se mantuvieron hasta el siglo XVI, es decir, algo básico en la historia de la notación musical y de la música del Renacimiento, no un enigma complicado ni tampoco un tema sujeto a controversias varias. No hay interpretación posible sobre esta cuestión. Nadie, en toda la comunidad científica internacional, está en desacuerdo. Es el abc de la historia de la música y, por supuesto, consta en los temarios, bibliografía, etc. Que la normativa académica y la legislación ampare que un alumno pierda su tiempo y haga perder el tiempo de todo un departamento y el de un especialista justificando una información sobre Philippe de Vitry que se puede localizar hasta en Wikipedia es... descorazonador.

Me hizo pensar en una novela de ciencia ficción, donde una civilización maligna quisiera que desapareciera la cultura básica de Occidente y sólo existiera la legislación; o un deus ex machina que en vez de dejar que yo escriba artículos científicos sobre Vitry, imparta cursos de perfeccionamiento o mejore mis materiales docentes, me obliga a redactar informes sobre que «dos más dos son cuatro», porque un alumno, ejerciendo un derecho que no distingue lo razonable de lo que no lo es, discute si no habría una posibilidad de que «dos más dos sean cinco». ¿Cómo es posible que un Dpto. no frene este tipo de situación kafkiana? Y aún más, ¿puede un Dpto. hacerlo? La respuesta es no, el profesor, el director, el Dpto. están indefensos ante una legislación ondulante.

Tampoco es plato de gusto para el alumno, que, probablemente inmerso en el decreto tal y la orden ministerial cual, acaba recibiendo un informe en el que se le baja del olimpo del «derecho a reclamarlo todo» a una radiografía aséptica de su desconocimiento de la materia.

En los tiempos en que no nos inundaba la burocracia, este tipo de situación se resolvía «en casa», es decir, en una tutoría de toda la vida donde se volvía a explicar al alumno quién era Vitry, lo que hizo y lo que, en particular, él no ha entendido. Se solucionaba sin cuestionar públicamente al profesor y sin humillar públicamente al alumno (el informe pasa por varias manos hasta llegar a él), y consolidando los lazos entre la persona que está aprendiendo, que no es licenciado, que hace dos, tres o cuatro años que salió del colegio —y que por tanto, es normal que necesite repasar conceptos— y el especialista que ha recibido diplomas, premios, acreditaciones y el puesto de trabajo porque conoce el tema.

Lo que no puede esperarse es que, si de una manera u otra, se cuestiona o se llega a atacar el trabajo de un especialista confirmado, éste no se defienda con uñas y dientes. Por encima del respeto e interés por el alumno, incluso cuando se queja, el especialista ama el conocimiento de su disciplina. La pasión por aquello que es verdadero en el conocimiento ha llevado a muchos hombres de ciencia a preferir la muerte antes que negar lo que habían escrito. Aunque uno no sueñe con alcanzar ese grado de valor, no afirmaremos postulados científicamente erróneos por miedo a la reacción del alumno o a la presión de los superiores. No sé hasta dónde seré capaz de entregarme a la docencia, pero mi pasión por las innovaciones rítmicas de Vitry y sus antecesores y continuadores es absolutamente inamovible. Y también lo es mi convicción de que un protocolo que autoriza y facilita la censura de un docente por parte de un alumno haciéndole creer que ese es su derecho académico, es nefasto. El verdadero y primordial derecho académico es aprender.

Todos estos síntomas son signos indiscutibles de un futuro incierto. Pero cuando veo a mis alumnos, lo que más me preocupa es que jamás lleguen a experimentar el sentimiento de filiación pedagógica. Yo he querido y quiero profundamente a mis profesores. Con los más sencillos adquirí buenas bases y hoy siguen siendo mis amigos. Los especialistas, los concertistas de élite, los maestros con mayúsculas, han marcado mi existencia tanto profesional como personal. He viajado para verlos y estar diez minutos con ellos, porque esos breves instantes iluminaban durante meses mi trabajo y mis días. He sentido y siento por ellos una admiración y un afecto intacto. Su existencia ha enriquecido mi vida. ¿Llegarán a experimentar nuestros alumnos veneración por alguien de su profesión?

En esta relación maestro-discípulo, que seguramente hoy resulta trasnochada, había un respeto máximo y también confianza. No nos mimaban tanto como nosotros hacemos ahora y probablemente eso nos ha endurecido y permitido soportar los sinsabores de la vida profesional. Muchos días parecía que nada de lo que hacíamos estaba bien, que todo nuestro estudio era insuficiente... y nos lo decían sin paños calientes, a bocajarro: Esto está bien, esto está mal. Y ninguno presentábamos una queja y mucho menos cuestionábamos su capacidad.

He pasado años reflexionando sobre la frase que un maestro, Leonard Bernstein, me escribió personalmente: «Beatriz, todo bueno en la vida de música [sic]». (Aunque su español no era malo, se le olvidaba algún artículo, que luego yo he añadido para que se entienda mejor). Eso es la relación maestro-discípulo: pensar sobre las palabras del maestro, aunque parezcan simples, pensarlas y destilarlas para extraer principios que rijan nuestras carreras.

Las personas que nosotros estamos formando, ¿podrán sobrevivir en la vida profesional? Cuando tengan jefes, y no estén tan sobreprotegidos, cuando no puedan reclamar por un sí o por un no, ¿podrán hacer carrera? Tengo muchísimas dudas de que les estemos preparando (perdón, de que nos dejen prepararlos) psicológicamente para el futuro.

Los tiempos que vivimos, donde la enseñanza es un arma arrojadiza entre partidos políticos, no nos dejan convertirnos en maestros ni dejan que nuestros alumnos se centren en la música. El principio general de esta educación, sea LOGSE, LOE o lo que venga, es la dispersión. Estamos todo el día distraídos con asuntos que nos alejan de impartir y de recibir una formación musical de calidad. Porque lo esencial no es el plan de estudios, ni Bolonia, sino el contenido de la disciplina, ya sea las nueve sinfonías de Beethoven, la técnica instrumental, o la semiología gregoriana. Hay que tener tiempo para estudiar, para asistir a clase, para leer, para vivir la música. Tiempo para que todo ese conjunto deje poso y fecunde con el talento personal.

No sé hasta qué punto podemos impedir el caos educativo, pero, si perdemos por completo la relación maestro-discípulo, creo que muchos profesores intentarán dejar la docencia y muchos alumnos los grados de música. En pos de las demagogias políticas se alienta a los alumnos a la queja y a la reclamación, confundiéndoles sobre lo que son sus derechos. No tiene mucho sentido que una persona que ni siquiera ha acabado la carrera cuestione por principio a un profesional y, desgraciadamente, esto es cada vez más frecuente en nuestras universidades y conservatorios. Y, aún tiene menos sentido, que un especialista consagre su vida a justificar en informes el abc de su disciplina. «La tierra es redonda» y ya pasó el tiempo en que se podía discutir esta afirmación. Se puede explicar la historia de su descubrimiento cuantas veces sea necesario, pero donde no hay interpretaciones posibles, no nos enredemos en discusiones bizantinas en forma de quejas o reclamaciones. Dejemos al maestro serlo, fomentemos que se le respete y no le presentemos ante los alumnos como un estafador o un enemigo.

Hace tres años, me invitaron a impartir un seminario de doctorado en la Universidad de Guanajuato (México). Los estudiantes eran los más preparados que he tenido en los últimos ocho años. En otras especialidades, como antropología, y en historia de la música mejicana, estaban muy por delante de mí. A pesar de ello, aceptaron mi docencia con un inmenso respeto y aún más confianza. Se estableció naturalmente la relación maestro-discípulo, incluso en ambas direcciones, porque, en los ratos libres, yo me nutría de su saber. Al igual que otros colegas españoles que participaban en el proyecto, pensé que ese tipo de clase no me importaría impartirla gratis. Aún más: coincidió con el brote de la Gripe A, cuando el Presidente de México clausuró toda actividad pública. Nosotros pudimos volvernos de inmediato, los estudiantes no asistir a clase. Nadie se movió de las aulas e impartimos los seminarios con mascarilla. Aquella situación me recordó a qué sabe la vocación pedagógica: a dar sin tener miedo, a dar sin estar preocupado de qué se recibe a cambio.

4 comentarios:

  1. Menudo panorama, Beatriz. Gracias por avisarme de tu blog. Poder contarlo y que otros lo lean ya es un paso. De distintas formas, según se trate de universidad, FP, bachillerato, primaria, escuelas de idiomas, infantil, etc., creo que la poca comunicación entre personas de un equipo docente genera o aumenta estas tensiones. Creo que otra cuestión es que las ideas sobre educación de Ivan Illich o Jacques Ranciere, por ejemplo, están calando entre las personas, porque no acceden a los estudios sintiéndose afortunados, sino más bien víctimas de una forma de aprendizaje en la que no acaban de creer.

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    1. Es un acierto traer a colación a Illich o Rancière. Este último (que se explica en vídeos como http://www.youtube.com/watch?v=uXcSpQeRauE&feature=related) y puede leerse en castellano su libro "El maestro ignorante": la aventura intelectual de un lector de literatura francesa en Lovaina, Jacotet,a principios del siglo XIX. Se lee con facilidad y da mucho que pensar.

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  2. Espléndido escrito. Me uno a todo lo que has dicho, pero desde mi puesto de trabajo tengo que decir que habitualmente tenemos que argumentar nuestras decisiones a los padres de nuestros alumnos / as.
    Cuando un alumno te cuestiona, partes de la base de que, al menos, tiene unos suficientes conocimientos de música en los que poder apoyarte para argumentar tus decisiones, aunque comparto contigo que esto no debería de ser así. ¿Qué argumentos uso yo para dar a unos padres en la que la asignatura de música le queda a kilometros de distancia y que como pagan tienen unos derechos, del por qué su niño ha suspendido? En fin, que le vamos a hacer... sí, seguir ahí con nuestro objetivo claro.

    Salud

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  3. Te respondo muy tarde, proque estaba esperando ver cómo evolucionaban algunas noticias relacionadas con estas cuestiones.

    Se ha sentado un precedente importante ante las malas relaciones profesor-alumno, al condenar a un año de prisión al alumno que insultó, amenazó y agredió a un profesor en Pamplona.

    Y se está perfilando el proyecto de ley por el que se convertirá en autoridad pública al docente, por lo que se dará presunción de veracidad -en caso de litigio- a su palabra, igual que a un policía o guardia civil.

    Imagino que irán adoptandose medidas que protejan a los profesores o todos consideraremos la posibildiad de dejar la enseñanza y trabajar en Mercadona.

    Pero a mí no se me olvida que, cuando yo estudié, los profesores estaban entre mis personas más queridas. Muchos de ellos me invitaban a sus casas, para reforzar las clases o ver vídeos de música o pasar un rato. No eran mis enemigos, tampoco me eran indiferentes, y nadie tenía que defenderlos.

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